
De los mejores sentimientos que hay, es percibir los mensajes que el Universo tiene para nosotros, su relación con el proceso que estamos viviendo y la forma en que se acomodan para crear una imagen más grande y clara, como un rompecabezas.
Lo maravilloso de todo es que si no pusimos atención la primera vez, nos lo vuelven a mostrar hasta que lo podamos ver con claridad.
El libro que estoy leyendo dice que cuando nos adentramos en la más grande, mas brillante y mas expandida de nuestras facetas, nuestro miedo central es detonado.
Este miedo tiene como base experiencias de nuestra niñez y el ego las utiliza como evidencia en contra de nosotros. Sin embargo, debemos permitirnos sentir el miedo, expresarlo en voz alta (a nosotros mismos o a un amigo) y preguntarle a nuestro Yo de niño qué necesita escuchar para sentirse seguro y amado.
Esa misma semana vi dos películas en las que su protagonista entra en comunión con su Yo de pequeño para experimentar la sanación, la reconciliación y el perdón que su alma necesitaba en ese momento para seguir evolucionando. Y si, fue hasta la segunda película que me di cuenta de esta “coincidencia”
Después del breve pero conciso análisis me puse a trabajar con mi Yo pequeña, encontré cosas que pensé ya tenía dominadas, otras que apenas percibí y seguramente en el camino surgirán varias más. Me pareció un trabajo hermoso y muy poderoso. El alcance al abrazar a nuestro Yo de niño es tan grande, que puede sanar una generación entera.
Lo importante al encontrarnos con nuestras inseguridades, es mantenernos abiertos, receptivos y brillar nuestra esencia en el transcurso. Ver cada experiencia como una oportunidad para expandirnos y reinventarnos las veces que sean necesarias.
Hay toda una red, un sistema de conocimiento al alcance de todos esperando a que nos pongamos en modo “observador” para poder accederla.
Y quien sabe, a lo mejor al terminar el rompecabezas nos demos cuenta que no era tan complicado de armar cómo pensábamos.


